Domingo Familiar
- Alexandra García
- 2 jul 2023
- 2 Min. de lectura
Mariano nunca iba a entender que era en ese momento, cuando él junto a su familia hacían el brindis celebrando los goles de la U, y buscando cualquier excusa para alababar su existencia, que yo me volvía invisible. Aprovechando esa ventaja, me levantaba sigilosa para esconderme en el baño de su casa, que estaba a penas a unos 5 pasos del comedor. Una vez dentro, me desbordaba por completo, cual Mapocho tras la lluvia. En esos segundos, que parecían eternos, mi propia herida de niña interna se abría. La ausencia, el abandono y el rechazo, su familia nunca sería la mía, y yo nunca sería parte de ella. Al menos no realmente. Él nunca sabría lo que era crecer sintiéndose no querida y excluída del propio nido. Después del desahogo, me reincorporaba imperceptible, forzando la sonrisa como cada domingo, y comentando lo buena que estaba la carne o pidiendo un vaso más de agua o bebida.
Siempre era la misma rutina, al terminar todos se levantaban al unísono, lavaban la loza en equipos designados, su mamá se servía una agua perra con limón, y se iban a la pieza de ellos para seguir viendo partidos de fútbol. Ahí, yo me quedaba en la pieza de Mariano, fingiendo que prefería dormir la siesta, mientras buscaba desesperada como matar el tiempo. Los domingos que tenía suerte, me encontraba un libro al cual aferrarme. Al llegar a casa, me convencía que eso tenía que ser la felicidad, o que al menos estaba siendo testigo de esta. Mariano no sabía, no tenía idea, ni sospechaba de que detrás de esa cara había una persona que sentía. Jamás me iba a preguntar nada, jamás iba a iniciar esa conversación. Para él, esas falencias no existían, eran delirios, exageraciones, excusas para ser infeliz. No, él no las comprendería, y sabía que nunca nunca las viviría.

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